Acá seguimos pensando en energía, con el libro de Hanna Ritchie, “Not the End of the World”, en realidad parte de una preocupación en común, pues es fail despertar con la sensación de que habitamos en un mundo fatal. El bombardeo constante de récords de temperatura y desastres naturales ha alimentado un fenómeno psicológico paralizante: la ansiedad climática. Es la creencia de que el colapso es inevitable, una narrativa que nos arrastra hacia una inacción o parálisis. Pero, ¿y si los datos sugirieran que, lejos de ser la generación que presenciará el fin, la generación actual, podría ser la primera en la historia con la capacidad real de lograr una sostenibilidad verdadera?
Al menos eso que lo que nos trata de decir Hannah Ritchie, científica de datos e investigadora creadora de Our World in Data, propone una tesis muy interesante: el pesimismo extremo no solo es agotador, sino científicamente inexacto. A través de un análisis tecno-pragmático, Ritchie nos invita a entender que tenemos las herramientas necesarias para desacoplar el progreso humano del impacto ambiental. No estamos ante un optimismo ciego, sino ante una hoja de ruta basada en la evidencia.
El peligro del “fatalismo” y por qué no estamos condenados
Durante décadas, la ciencia luchó contra el “negacionismo”, mientras que hoy, el campo de batalla ha cambiado. Ritchie señala una transición alarmante: hemos pasado de negar el problema a declarar que ya es demasiado tarde. Esta mentalidad es un obstáculo crítico porque conduce a la “indiferencia aprendida”, un estado donde el individuo deja de buscar soluciones al considerar que el problema es irresoluble.
El impacto es tan profundo que muchos científicos climáticos dedican hoy más tiempo a desmentir afirmaciones catastrofistas exageradas que a combatir a los propios negacionistas. Estas narrativas, a menudo basadas en proyecciones que extrapolan datos más allá de lo que la ciencia permite, dañan la salud mental de los jóvenes y restan credibilidad a las instituciones cuando los “plazos establecidos sobre el fin del mundo” no suceden o no llegan con la intensidad prometida.
“El mensaje de ‘estamos condenados’ no está necesariamente alineados con ciencia climática convencional. Mas bien, las interpretaciones de medios alarmistas resultan un obstáculo para la acción porque hace que la gente sienta que está perdiendo el tiempo al buscar soluciones”.
Sostenibilidad es progreso humano, no solo ecología
Ritchie propone una definición de sostenibilidad con dos pilares innegociables: proteger el medio ambiente para el futuro y asegurar el bienestar de la generación actual. Históricamente, estos objetivos eran antagónicos. Durante la mayor parte de nuestra historia, un bajo impacto ambiental significaba una vida precaria: alrededor del 50% de los niños no llegaban a la edad adulta.
En los últimos siglos, logramos avances asombrosos en el bienestar humano, pero a costa de quemar combustibles fósiles y destruir hábitats. El gran reto de nuestra generación es el desacoplamiento: mantener y expandir el progreso sin la huella de carbono asociada. Ritchie destaca que ya hemos avanzado en indicadores sociales clave de humanidad:
- Reducción drástica de la mortalidad infantil.
- Aumento global de la esperanza de vida.
- Disminución de la pobreza extrema.
- Mejora en la salud materna y acceso a educación.
Hoy, por primera vez, la tecnología permite que estos indicadores sigan mejorando mientras reducimos nuestra presión sobre el planeta.
La curva en “S” y el fin del dilema energético
La razón principal de este cambio de paradigma es la economía de la energía. Hemos dejado atrás la era en la que “ser verde” era un lujo caro. Tecnologías como la solar, la eólica y las baterías no siguen un crecimiento lineal, sino una curva en “S”: un inicio lento seguido de una explosión exponencial.
Ritchie critica el fallo sistemático de las agencias internacionales, que año tras año han subestimado el crecimiento solar por aplicar modelos lineales a tecnologías exponenciales. Gracias a esto, hemos alterado nuestra trayectoria: hace una década nos dirigíamos a un calentamiento de 4 o 5 grados; hoy, las proyecciones se sitúan entre 2.5 y 3 grados. Aunque este nivel sigue siendo absolutamente inaceptable y severo, demuestra que el cambio de rumbo es posible si aceleramos el despliegue de las herramientas que ya tenemos, sin esperar “soluciones milagrosas”.
La paradoja del 1% y el papel de las naciones ricas
Un argumento común en países como el Reino Unido es que sus emisiones son tan bajas (alrededor del 1%) que su acción es irrelevante. Ritchie desmonta esto con una realidad matemática con el siguiente argumento: un tercio (33%) de las emisiones globales proviene de países que emiten menos del 2% cada uno. Si todos se excusan en su tamaño, renunciamos a resolver un tercio del problema.
Además, existe una responsabilidad moral: las naciones ricas alcanzaron su estándar de vida quemando carbón. Su papel actual no es solo reducir emisiones, sino financiar el “derrame tecnológico” que en su momento ocasionaron. Mientras que los paises pobres siguen con emisiones bajas y otras preocupaciones. Al pagar el “green premium” (el alto costo inicial de las nuevas tecnologías), los países ricos impulsan la innovación y bajan los precios para que naciones como India puedan adoptar energía limpia por ser la opción más barata, no solo por ética ambiental.
Un ejemplo que hay que atender con mayor velocidad y urgencia es el transporte. En el Reino Unido, este sector ha mostrado un progreso nulo. Ritchie advierte sobre el concepto de bloqueo: cuando alguien compra un coche de gasolina hoy, está “bloqueando” emisiones durante los próximos 15 años de vida útil del vehículo. La transición debe ser inmediata para evitar este lastre.
La mentalidad de los tres círculos
Para navegar esta crisis sin caer en el cinismo o la complacencia, Ritchie utiliza una visualización esencial de su colega Max Roser. Debemos ser capaces de sostener tres pensamientos simultáneos:
- El mundo es un desastre: Los problemas de biodiversidad y clima son graves y urgentes.
- El mundo ha mejorado: Hemos resuelto problemas masivos en el pasado (como el agujero de ozono o la pobreza extrema).
- El mundo puede ser mucho mejor: Tenemos el potencial de crear un futuro sostenible.
“Entender que hemos resuelto problemas en el pasado nos da la herramienta y la confianza para resolver los actuales”.
Si nos quedamos solo en el primer círculo, caemos en el cinismo; si solo habitamos el segundo, caemos en la complacencia. El tercer círculo es el de la acción optimista.
Una invitación a la acción optimista
No somos una generación condenada. Somos la primera generación en la historia de la humanidad que posee los datos, la tecnología y el incentivo económico para construir una civilización que prospere en armonía con los límites planetarios. El progreso no es inevitable, pero por primera vez en siglos, es visible y alcanzable.
La ansiedad climática tiene un antídoto claro: la participación activa. Ya sea impulsando la infraestructura para vehículos eléctricos, transformando nuestros sistemas alimentarios o exigiendo la aceleración de las redes eléctricas, dejamos de ser espectadores de una tragedia para convertirnos en arquitectos. La pregunta ya no es si podemos salvar el mundo, sino qué tan rápido estamos dispuestos a construir el futuro que los datos dicen que es posible.
Ritchie, H. (2024). Not the end of the world: How we can be the first generation to build a sustainable planet (First North American edition). Little, Brown Spark.















